El singular oficio de restaurar palos de golf

golf1A nadie le resulta ajeno que en estos tiempos predominan los objetos descartables, y aunque ante el mal funcionamiento de algún artefacto podamos repararlo y prolongar su vida útil, la tendencia a la que nos lleva el consumismo es reemplazar fácilmente cualquier elemento por uno nuevo. Así, resulta muy atractivo encontrar a una persona como Eduardo Del Bianco. “El Gringo”, de 66 años, nacido y criado en barrio Cóndor Alto de Villa Allende, dedica sus días a un oficio que él denomina como “prestar un servicio”: la restauración de palos de golf. “Algunos cambian varas, yo restauro, dejo los palos como nuevos; para eso, hay que saber jugar al golf y entender algo de metales”, asegura Del Bianco.

El palo de golf está formado por la varilla y la cabeza con la cual se golpea la pelota. La vara es un tubo de metal o de fibra de grafito de 12 mm de diámetro y de entre 89 y 115 cm de longitud. El extremo de la varilla opuesto a la cabeza está recubierto de goma o cuero para que el jugador pueda sostenerlo. Un jugador puede utilizar hasta catorce palos durante un recorrido, los cuales se dividen en dos grandes grupos: las maderas y los hierros. Las maderas se numeran de 1 a 7 y los hierros de 1 a 9.

Para Eduardo, un jubilado bancario que se define como una persona “demasiado simple” como para aparecer en las páginas de un medio gráfico, el oficio de restaurar palos de golf surge a raíz de un episodio ocurrido hace 18 años atrás. Luego de un partido de golf con amigos, a uno de ellos se le rompió uno de sus palos; entonces, “El Gringo” le sacó la vara que se había hundido en la cabeza del mismo y con un palo de escoba y poxipol agregó el pedazo de varilla que faltaba. A partir de allí, y de forma autodidacta fue perfeccionando su oficio, recolectando información de publicaciones referidas al golf, y fundamentalmente, escuchando las críticas de sus clientes.

Si tenemos en cuenta que el valor aproximado de un juego de ocho palos de golf de hierro es de 1300 dólares y un palo de madera oscila entre los 240 y los 360 dólares, y Del Bianco obtiene una ganancia de unos 30 pesos por cada palo que restaura, es fácil saber de su sinceridad cuando comenta que cobra lo mínimo y que le da mucho valor a la relación que establece con sus clientes. Eduardo trabaja en el taller que él mismo instaló en su casa, donde tiene amoladora, morsa, compresor, tamiz, e instrumentos ideados por él mismo. “Trabajo con lo elemental, pero con inspiración divina, eso es lo que nadie sabe”, expresa con una mirada entre tierna y cómplice, y agrega: “Soy respetuoso y me siento respetado ¿Qué más puedo pedirle a la vida?”.

“El Gringo” es de esos seres que no adhieren a la idea de que si algo se rompe se lo deshecha. Eduardo es de los que todavía conservan su vieja cortadora de césped, porque con los mínimos arreglos sigue funcionando; es de los que preservan y no de los que descartan. Y, de esa misma manera, se dedica a cuidar a su esposa y a su nieto Juan Cruz, quien, por supuesto, ya tiene su propio palo de golf.

* Artículo publicado en la revista Nosotros y la realidad en Mayo de 2008.

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