Después de la lluvia

Las nubes de agua siguen ahí, sobre las oscuras montañas.

El aire casi limpio de la ciudad luego de la lluvia alivia los rostros.

La tormenta pasó y los sonidos urbanos vuelven rápidamente.

El espíritu duele como antes de la lluvia, el agua no borra la incertidumbre.

La tristeza continúa en el alma así como las nubes de agua sobre las montañas… aunque ya no llueva.

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El Señor de Barba

Conozco su rostro sólo a través de las pinceladas del artista que creó esa imagen. La imagen de un señor de barba y de mirada fuerte pero esquiva ¿Qué estará observando?

Conozco algo de su personalidad por sus relatos de ciencia y literatura que se van delineando en una voz calma.

Desconozco el resto ¿Qué será? ¿Quién tiene la medida de lo desconocido?

Me hacen sonreír

Ríen como si el viento les hiciera cosquillas.

Flotan en el aire que apenas se agita.

Parecen estar saludando a la tarde que se va.

Se ven tan alegres… como bailando con la dulce melodía de un violín.

Me hacen sonreír.

La brisa las mueve y ellas se dejan llevar relajadamente.

Se están divirtiendo, se refrescan, después de un día de calor.

La temperatura desciende.

Ya no producen sombra, ahora la sombra las cubre.

Es tiempo de descansar.

Las ramas abundantes de hojas apenas se ven en la noche.

Mirando hacia arriba

Esta tarde el cielo, ya despejado de cenizas volcánicas, alcanza el máximo nivel del infinito. Vacío de nubes, suena como un vals inspirado en una nostalgia de amor. Si pudiera alcanzarlo con las manos, al tocarlo sentiría la tibieza y  la calma del agua de un golfo del Atlántico Sur.

La tienda de la avenida

Cada tarde abre sus puertas la tienda de decoración de la avenida. Evoca aquellas casas de los cuentos de hadas y duendes. Todo huele a maderas.

En la entrada, los sillones de troncos toman forma de árbol. Un árbol que abraza y cuida el sueño de quien descanse en él, arrullado por el canto de los pájaros que hace tiempo habitaron su ramas.

Dando un paso hacia adelante, la lámpara de base de Algarrobo sobre el mostrador es como un silencioso observador de ese micro mundo. Su luz, difusa y agradable, queda encendida toda la noche; y sólo ella sabe lo que sucede cuando el lugar está vacío de gente. Parece esos narradores omnipresentes, aunque no tiene voz.

En la vitrina del fondo, los aguayos tejidos en un delicado degradé de vívidos colores, forman figuras absolutamente nítidas. Pero, hay algo más que su hermosura y la perfección de sus diseños que atrae la mirada. Será el alma de las manos curtidas por el tiempo y el clima que permanece entre sus hilos.

La reencarnación de la semilla que luego fue brote, tallo, y árbol, ocupa gran parte del salón: una mesa imponente y fuerte como el Ciprés de donde viene. Probablemente, su destino sea ser el centro de reunión de la familia, siendo testigo de esas vidas a su alrededor. Pero, quién sabe cuándo y cómo seguirá su trayecto el día que deje la tienda. Creo que ni ella lo imagina.

Sobre la mesa camina el camino de mesa, y encima de él la antigua olla de cobre se posa con la tranquilidad de una gallina que empolla sus huevos. Dentro de esa olla, que brilla del mismo modo que el sol insoportable de las siestas de Macondo, están las cucharas de Eucaliptus. Ellas hubieran preferido permanecer en el árbol conservando su sabor mentolado. Allí están ahora, desparramadas como figuras de ángeles sin vestiduras.

En la vitrina lateral conservarán historias los portarretratos de fina alpaca, por ahora, ausentes de imágenes, carentes de recuerdos. Cerca de ellos, la caja de té encierra el aroma de las hierbas que guarda en sus cavidades de Cardón, como un cofre con tesoros que sólo pueden conocerse respirando profundo.

Como corolario, el espejo. El elemento mágico por excelencia. Todo lo ve, al igual que la lámpara del mostrador, pero además, todo lo refleja sin emitir opinión. Encierra la verdad desprovista de prejuicios, paradigmas, supersticiones, mitos, cánones y estereotipos. Es la puerta de acceso al mundo donde están los diarios reflejos de la tienda, todos expuestos cual si fuera una galería de arte.

Aquel amanecer

Abrí los ojos cuando el sol ya molestaba. Rápidamente sentí el calor en el cuerpo. Entonces, dormité muchos minutos, que quizás fueron horas. Paulatinamente, iba escuchando las olas. Fui percibiendo el aroma del mar. Poco a poco, se oían las voces de los turistas, sus pasos tambaleantes en la arena. El reloj ya marcaba las nueve de la mañana. En ese momento, recordé que había dormido en la playa.

Tomar un matecito ¿En la oficina?

El consumo del mate se remonta a la época precolombina. Los guaraníes realizaban un rito en el territorio que hoy ocupa Paraguay y la provincia de Misiones. Los nativos sepultaban los restos de sus seres queridos y en ese mismo lugar plantaban yerba mate; luego, la cosechaban y la tomaban en “rueda” con sus familias, de la misma manera que lo hacemos hoy. Los aborígenes creían que así el espíritu de sus difuntos iba a crecer con la planta y pasar a través del mate a su cuerpo, permaneciendo con ellos.

En un principio los conquistadores tenían la creencia de que el mate era una “hierba del demonio”. Después, no sólo lo adoptaron sino que el mate pasó a ser algo más que una infusión. Hoy es una práctica cotidiana y una tradición que vence las clases sociales y, sin duda, forma parte de la cultura argentina.

¿Quién podría negar que el mate es la infusión más autóctona de los argentinos? Y no sólo de los argentinos, sino también de nuestros vecinos de Uruguay y Paraguay.

Ahora, los primeros colonizadores sostenían que el mate era una bebida de haraganes, ya que los aborígenes dedicaban varias horas por día a este rito.

¿Será por eso que, a pesar de su gran significado cultural, el mate es discriminado en ciertos ámbitos laborales?

Pareciera existir en el imaginario colectivo la percepción de que tomar mate es cosa de vagos, de estar al vicio. En cambio, veinte cafés al día mientras se trabaja es de lo más común.

¿Por qué hago tal afirmación? En los bancos, compañías de seguros, oficinas públicas o de grandes y pequeñas empresas es inusual ver a alguien tomando mate. Ni hablar de los estudios de abogados o contadores, y las reuniones de empresarios. No obstante, en éstos y otros lugares de trabajo siempre está presente una taza de café.

El termo y el mate al lado de la computadora o sobre el escritorio no suelen ser “bien vistos”.

¿Qué es lo que le quita status social a la costumbre de tomar mate? ¿Su origen netamente aborigen? ¿Qué jerarquiza a una bebida de origen musulmán y traída de los países tropicales?

¿Nenas o mujeres en miniatura?

Suri Cruise, hija de Katie Holmes y Tom Cruise.

Que la vestimenta de las nenas se parezca cada vez más a la de sus madres no es una novedad, además de ser un fenómeno que viene en ascenso. De hecho, las marcas de ropa femenina a nivel mundial están creando colecciones adaptadas a talles de niñas.

Irma Rosa, directora de la división escuela de Mannequins, afirma que las nenas tienen sus looks propios pero mirando la moda de las chicas grandes. “Antes las más chiquitas se vestían con tonos pasteles como el rosa o el celeste; ahora incorporaron los colores de la moda, incluso el negro para ropa de fiesta”, precisa.

Claro ejemplo de esta tendencia son marcas como Paula Cahen D’anvers, Chocolate y Montesco. Esta última lanzó recientemente la línea Pequeña Señorita destinada a chicas de 4 a 16 años. Como lo definen desde la firma, “al momento de concebir la colección, se trabaja en forma paralela con la de Montesco, utilizando en algunos casos los mismos géneros; y los modelos también se desarrollan en forma idéntica, logrando homogeneidad en ambas marcas”.

Falta de límites

A la hora de explicar este fenómeno, la licenciada en psicopedagogía, Liliana González, afirma que “lo que se está viendo es algo que marca la posmodernidad, que es el borramiento de las diferencias entre el mundo de los adultos y el de los chicos”. Además, “la adolescencia en esta etapa histórica cultural es la edad de oro, a la  que todos quieren llegar rápido y luego se resisten a abandonarla. Hay una pre maturación de todo, una prisa por adquirir derechos adolescentes, pero ningún apuro para asumir obligaciones”.

La licenciada precisa que la falta de diferenciación provoca que haya niños adultizados, adolescentes precoces y eternos, y que madre e hija compartan el placard porque se visten iguales. “Esto sí o sí tiene impacto sobre la constitución de los chicos porque hay un aceleramiento de las etapas del crecimiento y, en este borramiento de las diferencias lo que se borra es el límite, con el consiguiente trastorno en la identidad”, enfatiza.

La pre maturación lleva, por ejemplo, a que una niña vestida como adolescente a los 10 años, a los 11 quiera ir a un boliche como van las de 18 años, o se inicien sexualmente de modo más precoz.

A ordenar el ropero

Asimismo, Liliana González señala que la sociedad de consumo se ha montado de modo muy inteligente, ya que sabe que a los chicos les gusta copiar a los grandes, de ahí la tendencia a homogeneizar la moda para todas las edades. “Pero una cosa es disfrazarse con ropa de mamá, como lo hemos hecho todos, y otra es vestirse todos los días como mamá”, indica al tiempo que remarca que, “eso va robándole a los niños sus emblemas propios, y cuando uno transita tan rápido por las etapas no es sin consecuencias, siempre queda algo por vivir y que se intenta vivir cuándo se es adulto”.

En este contexto, la función de los padres sería ser una especie de filtro entre la sociedad de consumo y los niños para ayudarles a poner el “selector”, aprender a elegir según su edad y la ocasión, y no caer en la esclavitud de la moda.

No se trata de prohibir a los chicos la ropa que se usa; sino “organizar el placard de la hija con la vestimenta para jugar, para ir a la escuela, la que es para asistir a un cumpleaños, y dentro de ese marco la nena podrá elegir. Pero hay una selección previa de la madre y una trasmisión de criterios”, sintetiza la licenciada González.

* Artículo publicado en la revista Ocio en Agosto de 2010 y tomado como base para el informe (que lleva el mismo título) en el programa de TV El avispero, emitido por Canal 10 de Córdoba, el 2 de Julio de 2011.

Hay gente que quiere resucitar

Casi nadie va a trabajar. Casi nadie va a la escuela. Casi nadie hace nada.

La sintomatología es el desgano, la falta de deseos y ambiciones.

“Es la epidemia que faltaba y, lo peor, es altamente contagiosa”, dicen los científicos; pero, nadie sabe explicar cuál es el origen, cómo se transmite; y hasta los más eruditos caen enfermos.

Los ancianos se dejan morir, los jóvenes no hacen el amor, los niños andan por ahí. La desesperanza hace el resto.

El “más allá” resulta una decepción para creyentes, agnósticos, ateos y demás.

El Cielo y el Infierno no son lo colectivamente imaginado. Y el Purgatorio, más que una montaña difícil de escalar (como relataba Dante), se asemeja al cumplimiento de tareas comunitarias por una infracción de tránsito.

El Diablo es un mal contador de chistes, y Dios un señor muy dedicado a la jardinería.

Hay gente que quiere resucitar.

La mesa

Y si la mesa hablara… La mesa de la cocina, la del lugar más cálido de una casa, mejor, del hogar. Esas mesas antiguas, que alguna vez fueron nuevas. Mesas de madera, heredadas de generación en generación. Con sus marcas y manchones imposibles de borrar, con las huellas de quienes se reúnen en torno a ella. A comer en silencio, a conversar, a discutir, a hacer planes, donde los chicos hacen la tarea, dejando algún rayón de fibra, una mancha de témpera, un pegote de boligoma. Si la mesa hablara…  contaría las lágrimas que se derramaron con la cabeza gacha entre los brazos cruzados.